miércoles, 22 de noviembre de 2017

Magia de la Navidad



CAPÍTULO VI

MAGIA DE LA NAVIDAD

La Navidad es la época mágica del año. Es la más encantadora de las estaciones. Hasta el mismo aire parece estremecerse y centellear de felicidad y anticipación.
El que ha aprendido, mediante la profunda comunión interna, a contactar con los planos ocultos de la naturaleza, reconoce que las festividades sagradas del año se observan en los mundos internos, y que éstos transmiten su impronta al mundo físico externo. Esto es especialmente exacto en tiempo de Navidad. Las celebraciones jubilosas, el color, la música y el regocijo que tienen lugar en el mundo externo, no son sino un pálido reflejo de los fenómenos correspondientes en el mundo espiritual.
Cuando Cristo llega al corazón de la Tierra, en esta hermosísima estación, la brillantez de Su inmensa emanación impregna el Planeta entero con su esplendor.
Esta radiación penetra incluso en el mundo físico exterior, pero la densidad de la materia hace ciegas a muchas personas a sus refulgencias. Muchos sensitivos, sin embargo, sienten la saliente luz. Aunque no la vean, son conscientes de la elevada exaltación y la rica inspiración que sitúa el período navideño aparte del resto del año.
El tremendo amor-luz, con que Cristo impregna el planeta cada año por Navidad, está cambiando gradualmente la vibración atómica de la Tierra, y este gran derramamiento de amor-luz, cada año, es el verdadero regalo de Navidad de Cristo al mundo. Mediante él, el Planeta se va eterizando y sensibilizando hasta el punto de poder responder a nuevos y cada vez más elevados ritmos vibratorios. Gradualmente, pues, el ritmo crístico, palpitando en la Tierra, se hará tan potente, que todas las vibraciones disonantes serán eliminadas: La terrible plaga de la guerra, que ahora separa a los hombres de los hombres y a las naciones de las naciones, ya no será posible; la enfermedad, la miseria y, finalmente, hasta la muerte misma, serán vencidas. Cada átomo del globo responde al divino influjo con una vasta pulsación, rítmica como la música, para el que la puede oír. Su eco es repetido por el jubiloso tintineo de las campanas de Navidad, pues no hay una época en todo el año en la que las campanas repiqueteen tan gozosamente como en este tiempo.
Los ángeles deben amar también esta época con un amor especial, ya que se aproximan a la Tierra y entonan sus más deleitosos cánticos. Noche y día, multitudes de ellos, se ciernen sobre el Planeta, derramando sus bendiciones sobre todo lo que tiene vida, unas bendiciones que, luego, tienen su contraparte física en el incienso que perfuma muchos lugares de culto en esta época sagrada. Los antiguos Iniciados cristianos contactaban a voluntad las celebraciones en los planos superiores, y muchas de las ceremonias que establecieron en la iglesia, reflejan los rituales iniciáticos de los mundos internos. Los Maestros músicos han captado melodías de la música angélica y las han trasladado a la Tierra en inspirados villancicos que perdurarán mientras la Tierra exista... "Alegría al mundo, el Señor ha venido" es un canto angélico que expresa un misterio cósmico perteneciente a los ángeles y a los hombres. Entre las bandadas angélicas que cantan sobre la Tierra en tiempo de Navidad, hay un ser femenino cuya luz áurica se extiende a vastos espacios: "La reina de ángeles y hombres", que añade su melodía a la de los seres celestiales, al tiempo que derrama sus bendiciones, especialmente sobre las madres y sus bebés, ya que conserva en su sagrada memoria y lo comprende mejor que ninguna otra madre, el profundo sacrificio que supone este tiempo santo. Su nota-clave musical resuena
en el Ave María, y todos los que la oyen quedan influidos, consciente o inconscientemente, por su bendición.
En cada una de las cuatro sagradas festividades, los seres celestiales impregnan los mundos etéricos con una radiación divina. Cada una de esas estaciones posee su propio color característico, lo mismo que su propia nota-clave musical, ambos empleados en las ceremonias de los Templos de Iniciación desde hace eras.
Todos estamos familiarizados con el rojo y el verde de la estación navideña, tal y como se celebra en Occidente. El verde es el color de la vida nueva.
Generalmente se le asocia con la primavera, cuando la nueva vida vegetal se hace visible en el hemisferio norte. Sin embargo, es en tiempo de Navidad cuando esta nueva vida se agita primero, dentro del Planeta, y por eso es por lo que los antiguos videntes lo usaban como motivo decorativo en sus celebraciones del medio invierno.
El rojo es el color de Marte. Es también el color de la actividad, que se agita a través del Planeta, cuando el rayo de Cristo "renace" en su interior. Marte está exaltado en Capricornio y las festividades navideñas se celebran cuando el sol entra en este signo el 21 de diciembre. El lugar de la exaltación de un planeta es donde sus fuerzas espirituales se concentran. El rojo perteneciente a la Navidad no es un tenebroso carmesí, sino el puro y claro color producido por la transmutación del denso rojo de la pasión en el más claro tono de la compasión. Esto sucede con el paso de lo personal a lo impersonal, de lo individual a lo universal.
La magia de la Navidad se caracteriza por un espíritu de buena voluntad universal. La gente se ve animada de impulsos amistosos y generosos. Hay pocos tan egoístas que no den algo, de sí mismos o de sus bienes, a otros. Las comunidades, grandes o pequeñas, conciben diversos proyectos en auxilio de los necesitados, los enfermos y los desgraciados. Los hospitales y orfanatos la celebran con cariño y amor, buenos deseos y protección. La aspiración de todos, por doquier, es iluminar por lo menos un rincón, proporcionando esperanza y alegría a los menos afortunados. Este sentimiento de fraternidad universal encuentra su símbolo más alegre en Santa Claus. Él es el que visita anualmente, por Navidad, los tejados de todo el mundo, repartiendo, entre todos, regalos y deseos de felicidad. Se le conoce por distintos nombres en los diferentes países, pero su espíritu es siempre el mismo, porque no es más que la personificación de la buena voluntad universal que Cristo trae cada año a la Tierra y que cada vez se va convirtiendo en una fuerza más
poderosa que conmueve la conciencia del hombre a lo largo y a lo ancho del mundo.
Pero, por encima de la belleza, el color y el regocijo que animan a la mágica Navidad, por sobre toda la actividad, el bullicio y la confusión, resuena en el aire un cántico más tierno y hermoso que el canto de los ángeles y arcángeles: La voz del mismo Cristo, reiterándonos que, cualquier cosa que hagamos para aliviar la carga, para sanar las heridas, para mitigar el sufrimiento o para iluminar los días de cualquier ser humano o cualquier criatura viviente, a Él se lo hacemos. Él mismo lo expresó así: "Porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, era extranjero y me acogiste, desnudo y me vestiste, estuve enfermo y me visitaste, en prisión y viniste a verme".


LA ESTRELLA MÁGICA

Lo mismo que la música produce en los éteres maravillosos dibujos geométricos, determinados modos de meditación producen el mismo efecto. En los Templos de Misterios Cristianos, el patrón básico es la Estrella. Mediante una devota y prolongada meditación, esta estrella aparece en el aura del meditador y, a su aparición sigue la del Maestro, como hicieron los Magos en la Natividad del Niño Dios. La estrella es siempre percibida por los Grandes Seres de los planos internos, ya que siempre indica el sagrado nacimiento de uno que ha empezado a hollar el Sendero de Cristo. Su amorosa respuesta es, indefectiblemente, vehemente e inmediata.
La magia de Navidad está íntimamente relacionada con la estrella. La estrella dorada que brilló en el cielo sobre Belén, la más santa de todas las noches, era el cuerpo del radiante arcángel Cristo, que derramaba Su bendición sobre el cuerpo del Niño perfecto Jesús que debía, más tarde, convertirse en el vehículo habitado por el propio Cristo durante los tres años de Su sublime ministerio en la Tierra.
La estrella es la divisa anímica de Cristo. La cruz es Su divisa terrena. De Navidad a Pascua, el Sendero conduce de la Estrella a la Cruz. En el transcurso de los cuarenta días de intervalo entre la Pascua y la Ascensión, el Sendero asciende de la Cruz a la Estrella.
Como se dijo anteriormente, sobre la entrada de los Templos griegos de Misterios, se leía la inscripción: "Hombre, conócete a ti mismo y conocerás todos los misterios del universo". Y así es, ciertamente, puesto que, inscritos en el cuerpo del hombre, encontramos los misterios de la Estrella y de la Cruz: Cuando se levantan los brazos horizontalmente, manteniendo los pies juntos, el cuerpo humano forma una cruz; Cuando, además, se separan los pies, el cuerpo asume la forma de una estrella de cinco puntas.
La cruz representa los primeros años de probacionismo o noviciado, el tiempo de las pruebas y los intentos. La admonición del Maestro a los discípulos de todas las eras ha sido siempre: "Si quieres ser mi discípulo, toma tu cruz y sígueme".
La estrella significa la culminación del discipulado, cuando el espíritu ya no está sujeto a la prisión del cuerpo, sino que pasa, a voluntad, a la libertad de mayores y más amplias esferas, utilizando la forma física solamente como un canal para el servicio en el plano terrenal. Las cinco heridas sagradas en el cuerpo del Cristo crucificado son la marca de tal liberación. Sus últimas palabras desde la cruz se refieren a este supremo acontecimiento: "¡Dios mío, Dios mío, cómo me has glorificado!".
Mediante la transmutación de la naturaleza inferior en la superior, el cuerpo cruz se convierte en cuerpo-estrella. Esta interacción de las fuerzas de la Estrella y de la Cruz contiene profundo significado para la meditación del discípulo durante esas estaciones sagradas.

EL ÁRBOL DE NAVIDAD

Mientras el Rito de la Navidad pertenece a tiempos inmemoriales, la Fiesta de la Corriente de Navidad se observó, por primera vez, al comienzo de la civilización Aria. El prototipo del Árbol de Navidad fue el "Árbol celestial del Sol" de los primeros arios.
Fue en la pura y rarificada atmósfera de Ariana donde el sol salió, por primera vez, tan claro, que el hombre pudo percibir el tremendo caudal de luz que los seres trascendentes difundían sobre la Tierra. El hombre comparó ese abanico de luz con un árbol con las ramas extendidas. Según una tradición india, "el Árbol del Sol está en el centro de la Tierra, de donde surge con el alba y, a medida que el sol asciende hacia su cénit, va creciendo, hasta que sus más altas ramas lo alcanzan, al mediodía, cuando aquél llega a lo alto de los cielos; disminuye luego con el declinar del día y, a la puesta del sol, se sumerge de nuevo en la Tierra". En una u otra forma, existen en casi todos los países leyendas relativas al Árbol del Mundo, cuyos orígenes se remontan a aquel místico árbol de luz.
Los místicos son ciertamente conscientes de que, entre el reino de los árboles y el reino humano existe una peculiar simpatía. Los más primitivos altares consistían en una piedra y un árbol frutal que crecía a su lado. Estos altares estaban casi siempre asociados con la Diosa Madre, a la cual se consagraban. Los arqueólogos que excavaron en la zona del Templo de Diana, de Éfeso, descubrieron los cimientos de varios templos superpuestos y, en el estrato inferior, encontraron solamente un altar de piedra y claros indicios de un árbol sagrado a él asociado.
En la brillantez de la Era del Arco Iris, los árboles oscuros, vitales, poderosos y siempre verdes de Lemuria y Atlántida cedieron su puesto a los aéreos, portadores de alimentos y adornados de flores, de la Época Aria.
Mientras tal cambio tenía lugar, el hombre conservaba vestigios de su antigua clarividencia negativa, y podía aún comunicarse con los espíritus de la naturaleza, si bien había ya entonces perdido contacto con las grandes jerarquías angélica y arcangélica, que ocupaban áreas de conciencia espiritual que ya le resultaban inaccesibles.
Mucho después, en plena Época Aria, incluso ya en la actual época de Piscis, muchas razas han conocido aún las hadas de los campos y de las aguas, las inspiradoras sílfides de los riscos y montañas y los gentiles espíritus de la amigable brisa. Pero, entre todos ellos, han sentido más profundamente su parentesco con las dríadas o espíritus de los árboles. Las arboledas estaban impregnadas de una presencia persistente, que les hacía temerlas, unas veces, y reverenciarlas, otras.
La conciencia de los árboles, sin embargo, es algo real y definido, y sus cambios de humor pueden ser captados fácilmente por el místico. Los ángeles, como los hombres, sienten tanto la alegría como el dolor. Unas veces es el tronco de un gran árbol el que temblará, agitando sus hojas llorosas, como con un destello de lágrimas. Otras, la total estructura del árbol se hace como luminoso, en pleno éxtasis.
Este gozo extático del reino de los árboles alcanza su clímax en la mañana del Domingo de Resurrección.
Los sensitivos han oído frecuentemente gritos enternecedores brotando de sus troncos, en vísperas de su destrucción. En un caso los gritos eran tan persistentes que se investigó y se comprobó que el árbol iba a ser destruido al día siguiente. Se hicieron esfuerzos por salvarlo, pero no dieron fruto. El espíritu del árbol sabiéndolo, lamentaba su prematura destrucción.
Cada árbol está presidido por un deva o ángel. Este ángel es, literalmente, el guardián del árbol y se le denomina frecuentemente el "espíritu" del árbol. Él supervisa todos los procesos vitales que tienen lugar en su esfera, incluyendo el trabajo de los Espíritus de la Naturaleza, en cualquier parte de su organismo.
Cuando el gran Rayo de Cristo desciende hacia la Tierra en otoño, el reino vegetal absorbe de buena gana Su radiación. Los bosques aparecen coronados de un halo dorado cuando este Rayo luminoso alcanza la Tierra y su luz se derrama entre las hojas de los árboles. Cuando se acerca la hora mística de la Noche Sagrada, la corriente dorada ha penetrado ya hasta el mismo corazón de sus troncos, donde brilla como la llama de un altar. En tiempo de Navidad, pues, cada árbol es un heraldo que proclama el retorno anual del Señor Cósmico del Amor y de la Luz.
Existe una antigua y maravillosa leyenda que relata que, en el silencio de aquella hora sagrada, cuando los ángeles cantaban villancicos al Cristo-Niño, las bestias doblaron sus rodillas e inclinaron sus cabezas. Pues en ese momento es cuando los pequeños de la naturaleza interrumpen sus actividades y, en alegre procesión, rinden homenaje ante la luz del altar que flamea en el interior del árbol que les acoge. Así, pues, tanto la naturaleza como todo lo viviente, reverencia la llegada del Rey recién nacido.
Algunos piensan que el símbolo más hermoso y más profundo, entre los relacionados con la Navidad, es el árbol. La estrella dorada que, generalmente, adorna su cima, representa la Estrella del Este, que llama a todos los hombres a reverenciar a Aquél al cual el místico da la bienvenida, a la media noche, como al Sol recién nacido. Las luces y colores sobre el árbol festivo, representan las emanaciones del aura de ese Sol recién nacido, que impregnan e iluminan toda la Tierra, por dentro y por fuera.
El árbol, adornado de tal modo, año tras año, en honor Suyo, llega gradualmente a emanar una bendición y bienaventuranza, no sólo en tiempo de Navidad, sino a lo largo de todo el año. Esto es fácilmente discernible para el sensitivo que se aproxima a él. En ello estriba la importancia de utilizar árboles de Navidad vivientes, en lugar de imitaciones.
Todo hombre es un Cristo en formación. Por eso, todos los símbolos navideños representan distintos grados de desarrollo espiritual. En el cuerpo humano, templo del espíritu del hombre, existe buen número de centros en espera de ser despertados y vitalizados. Cuando esto ocurre, ese cuerpo se convierte en un verdadero Árbol de Navidad, radiante, iluminado, "caminando en la luz como Él está en la luz". Un sensitivo, al percibir esta verdad, escribió: "El cuerpo está cubierto de luces que esperan ser encendidas por la llameante antorcha del amor".


EL MINISTERIO DE LOS ÁNGELES EN TIEMPO DE NAVIDAD

El mundo moderno está volviendo, cada año con mayor reverencia y comprensión, a vivificar las fiestas y ceremonias de los primeros cristianos. La fiesta de Adviento, desde su fundación en el siglo I, no había sido tan destacada como durante los últimos años.
El Adviento tiene lugar, de acuerdo con una ley cósmica, cuando la Jerarquía de Sagitario dirige sus radiaciones hacia la Tierra, ya que ello favorece el idealismo elevado y fortalece las aspiraciones espirituales. Las luces multicolores que se ven por doquier y la alegre música que se escucha por todas partes se combinan, en el plano externo, para reflejar la sublime belleza, la intensa actividad y la música y color verdaderamente gloriosos que inundan los mundos internos. Es entonces también cuando los ángeles se aproximan a la Tierra más que en cualquier otra época del año.
Durante este intervalo, el aspirante serio dedica tanto tiempo como le es posible a purificarse y a prepararse, por medio del ayuno y la oración, para llegar a una mayor sincronización con el Festival de la Navidad. Este trabajo preparatorio, actualmente, comienza en el equinoccio de otoño, cuando la regencia de la Tierra es asumida por el arcángel Miguel, que preside los procesos de purificación y regeneración de toda la progenie terrenal. Desde el equinoccio de otoño hasta el solsticio de invierno, Miguel y sus huestes se encargan de limpiar los cuerpos de deseos y mental de la Tierra. Si no fuese por esas actividades de verdadera limpieza que llevan a cabo los grandes Seres celestiales, la lóbrega atmósfera psíquica, generada por los malos pensamientos, emociones y actos del hombre, se haría tan densa, que la Humanidad quedaría sumergida en ella sin ninguna esperanza, totalmente roto su enlace con las vivificantes fuerzas del espíritu. Esto no ocurre porque la suprema labor redentora de Cristo consiste en luchar contra esas fuerzas del mal y la oscuridad, lucha simbólicamente representada por Miguel dando muerte el dragón, ya que Miguel es quien sigue a Cristo en la Jerarquía de la Luz. La
victoria de la luz frente a las tinieblas tiene lugar cada año mientras el sol pasa por Libra, Escorpio y Sagitario. El cristiano místico lo comprende así y sabe cómo sincronizarse con las influencias de Miguel y sus huestes. De este modo recibe una tremenda ayuda, por parte de la luz interior, que nunca le falla, y que está en su propio ser, para su victoria personal sobre las tinieblas.
Cuando llega el solsticio de invierno, habiendo dado Miguel cumplimiento a su labor anual, devuelve la regencia de la Tierra a Gabriel, el arcángel de la ternura y el amor. Gabriel es el glorioso ser que tipifica el espíritu de la maternidad, ya que es el guardián de las madres y sus hijos. Toda la vastísima tropa de ángeles de la naturaleza trabaja bajo su guía durante esta estación.
Empezando el equinoccio de otoño, la dorada radiación de Cristo, que va siendo derramada sobre la Tierra, gradualmente penetra sus capas atmosféricas y, luego, el globo terráqueo entero hasta que, en el solsticio de invierno, alcanza su mismo corazón. Entonces tiene lugar el mayor milagro de la naturaleza: Se produce una magia blanca, un silencio total, y una tierna reverencia impregna la atmósfera de la Noche Santa, mientras los ángeles de la naturaleza, junto con otros más elevados seres celestes, combinan sus fuerzas e invierten las corrientes cósmicas. Durante los seis meses anteriores, se estuvieron moviendo a lo largo del arco descendente; durante los seis meses siguientes, que culminarán en el solsticio de verano, se elevarán a lo largo del arco ascendente. La poderosa oleada de esta mágica fuerza revigoriza la vida toda; y esa misma marea ascendente de fuerza espiritual, eleva el fuego espinal del espíritu en el cuerpo humano. Así pues, en aquéllos que hicieron la suficiente preparación, este fuego puede ser elevado hasta la cabeza y producir un estado de verdadera iluminación.
Este proceso cósmico tiene lugar mediante el poder de la armonía musical y el ritmo. Es una acción de la Palabra Creadora, del Verbo, del cual San Juan afirma que ha existido desde el principio y que por Él fue hecho todo lo creado.
La nota clave musical de este Planeta es armonizada con el canto de los ángeles: "Gloria a Dios en las alturas y, en la Tierra, paz y buena voluntad hacia los hombres". Es la armoniosa y rítmica enunciación de esta palabra planetaria, resonando, una y otra vez, por toda la Tierra, lo que produce el milagro de la Noche Santa.
Las inmensas fuerzas celestiales que actúan entre el cielo y la Tierra en esta bendita época, resuenan con una belleza insuperable. Un suave eco de esta celestial armonía, captada por Franz Schubert, fue transcrita para los oídos humanos en los exquisitos compases de su Ave María. Esta composición, en cierto sentido, puede considerarse como la nota-clave musical de la estación navideña. Su música acarrea un tremendo poder espiritual, particularmente durante esta época del año en que parece como si devolviese el eco de los ritmos celestiales de los espacios cósmicos.
Durante este tiempo encantado, se produce un triple nacimiento: Primero, el nacimiento cósmico del Espíritu de Cristo, del modo ya explicado, y que impregna toda la naturaleza con una nueva vida; segundo, el nacimiento histórico del Gran Maestro del Mundo, que escogió esta época para encarnar cuando lo hizo el Maestro Jesús, que se convirtió en portador de la Luz de Cristo, Maestro de ángeles y hombres; y tercero, el nacimiento metafísico de Cristo en el interior del discípulo, en un estado de iluminación.
Ahora comprende el discípulo por qué entonces no hubo habitación en el hostal y por qué Cristo ha de nacer en un pesebre donde comen las bestias. Ahora comprueba que el trabajo supremo de su vida ha consistido en abrir las puertas del hostal, en preparar habitación para Cristo y en transformar el pesebre en una cuna de luz. Sabe que esa cuna es el Tercer Ventrículo, en la cabeza, donde está rodeado por las fuerzas que irradian de las glándulas pituitaria y pineal sensibilizadas, simbólicamente representadas, respectivamente, por María y José. Al convertirse en un Iluminado, se convierte en un Cristo, y la gloria de este nuevo nacimiento es saludada por las multitudes angélicas desde lo alto.
Los tres nacimientos van acompañados por los jubilosos coros de seres celestiales, que proclaman estos, varias veces, transformadores acontecimientos, transcritos en la nota clave musical de la dispensación cristiana: "Gloria a Dios en las alturas y, en la Tierra, paz y buena voluntad hacia los hombres".
El 21 de diciembre, la nota-clave planetaria cambia de Sagitario a Capricornio.
La clave de Sagitario es éxtasis divino, expresado en la fraternidad gozosa, en la riada de clarísimos colores y en la armonía de la estación de Adviento. La nota-clave de Capricornio es consumación divina. La Tierra está sumergida en la blanca luz de la consagración, cuando las corrientes de vida planetarias se invierten, y la fuerza del Cristo Cósmico comienza a reascender hacia el Sol. Estas fuerzas van creciendo desde el 21 de diciembre hasta la medianoche del 24, en que adquieren su máxima potencia, pero no declinan luego. Las poderosos radiaciones solsticiales de fuerza espiritual envuelven la Tierra hasta la duodécima noche siguiente, un intervalo considerado sagrado por los primeros cristianos y destinado a ser revivido hoy.
El cántico de los ángeles, mientras el sol se dirige hacia el sur, está expresado en tonos menores. A la medianoche del 24 de diciembre, la Noche Santa, sus coros se transportan a tonalidades mayores, cuando entonan, llenos de gozo, la nota-clave de la Tierra: "Gloria a Dios en las alturas y, en la Tierra, paz y buena voluntad hacia los hombres".

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EL MISTERIO DE LOS CRISTOS
Corinne Heline

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